Tres meses después.
La playa privada de la isla estaba iluminada por decenas de antorchas clavadas en la arena. El sol ya se había ocultado y el cielo tenía ese color rosado-anaranjado que solo se ve en las islas del Caribe.
Valentina estaba dentro de la pequeña villa, frente al espejo. El vestido era exactamente como ella lo había soñado: sencillo, de corte sirena, con delicado encaje en los hombros y una cola corta que apenas rozaba la arena. No llevaba velo. Solo una corona de flores natural