Lucas Rafael Montenegro tenía ochenta y ocho años y el cuerpo era ya poco más que un recuerdo de lo que había sido. Sus manos temblaban al sostener una taza de té, sus pasos eran lentos y cuidadosos, y su vista apenas distinguía formas y colores. Sin embargo, su mente seguía siendo un faro claro y su corazón, un pozo profundo de gratitud y paz.
Era una mañana tranquila de octubre de 2108. Lucas Rafael estaba sentado en su sillón favorito de la terraza, con una manta ligera sobre las piernas a p