La noche era fría y húmeda cuando llegaron a la fábrica abandonada.
Alessandro detuvo el auto a unos doscientos metros de distancia, en un claro escondido entre los árboles. Apagó el motor y se quedó mirando el enorme edificio oscuro que se alzaba frente a ellos como un gigante dormido.
La fábrica era un monstruo de concreto y metal oxidado. Tenía tres niveles, ventanas rotas y chimeneas que ya no echaban humo desde hacía más de quince años. El lugar perfecto para una emboscada.
Valentina iba s