El auto volaba por la carretera oscura mientras Valentina presionaba con ambas manos la herida en el pecho de Alessandro. La sangre se filtraba entre sus dedos, caliente y pegajosa.
—¡Más rápido, Marco! —gritó ella, con la voz quebrada.
Marco pisaba el acelerador a fondo, pero su rostro reflejaba la misma desesperación.
—Estamos a doce minutos del doctor. Aguanta, jefe. Aguanta.
Alessandro estaba pálido, con los ojos entrecerrados. Su respiración era superficial y forzada. Intentó hablar, pero