Lucas Rafael Montenegro tenía ochenta y cuatro años y el cuerpo le recordaba cada mañana que el tiempo no perdona. Sus manos temblaban al sostener la taza de café, sus pasos eran cortos y cuidadosos, y su vista ya era un velo borroso que solo le permitía distinguir formas y colores. Pero su mente seguía siendo un faro claro, y su corazón, un pozo profundo de gratitud y paz.
Era una mañana tranquila de septiembre de 2099. Lucas Rafael estaba sentado en el sillón de la terraza que había sido de s