Lucas Rafael Montenegro tenía setenta y ocho años y el cuerpo le recordaba cada mañana que el tiempo no perdona. Sus rodillas crujían al caminar, la espalda se quejaba después de estar mucho rato sentado, y su vista ya necesitaba gafas para leer las cartas que aún guardaba con cariño. Pero su mente seguía siendo un faro claro y su corazón, un pozo profundo de gratitud.
Era una tarde tranquila de junio en Santo Domingo. Lucas Rafael estaba sentado en su sillón favorito de la terraza, con una man