Valentina salió de la casa sin mirar atrás. El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro, pero no sintió nada. Caminó descalza por el sendero de piedra hasta que llegó al pequeño mirador que daba al bosque. Allí se dejó caer de rodillas y finalmente soltó todo lo que había estado conteniendo.
Lloró con tanta fuerza que le dolía el pecho. Lloró por el miedo, por la rabia, por el amor que sentía y por el terror de perderlo. Lloró porque sabía que, aunque le había dicho que no lo buscara, ella