Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Las palabras de Marco seguían resonando en su cabeza como un eco sin fin.
—¿Mi hermano? —repitió, casi sin voz—. Eso no es posible. Mi padre nunca mencionó que tuviera otro hijo.
Alessandro seguía sosteniendo su mano con fuerza, como si temiera que ella pudiera desvanecerse en cualquier momento. Su expresión era una mezcla de preocupación y furia contenida.
—Marco, déjanos solos —ordenó sin apartar la mirada de Valentina.
El jefe de segurida