Lucas Montenegro tenía ochenta y nueve años. Su cuerpo era frágil, como una hoja seca que el viento podría llevarse en cualquier momento, pero su espíritu seguía brillando con una luz tranquila y profunda.
Era una mañana soleada de abril en Santo Domingo. Lucas estaba sentado en su sillón de la terraza, envuelto en una manta fina, con la mirada fija en el mar Caribe que había sido testigo de toda su vida. A su lado, su hija Isabel, de sesenta y ocho años, le sostenía la mano con cariño. Rafael,