Finalmente el doctor afirmó que podía venir a ver a mi hija pero añadió también que no me tardara mucho tiempo. Ahora estaba sentada en una silla de ruedas que una enfermera empujaba desde atrás.
Damián venía con nosotras, pero había entendido que no quería ni siquiera mirarlo, por lo qué sin objetar nada iba delante de mí y desde mi lugar mis ojos quedaban fijos en sus respingonas y redondas nalgas.
Llegamos a un pasillo y paramos frente a una puerta blanca que al igual que mi habitación estab