Los días empezaron a pasar y con ellos la nena y yo empezamos a recuperarnos, todos los días iba a verla junto a su detestable padre y pasábamos con ella todo el tiempo que nos permitieran.
Al tercer día quitaron la manguerita de su nariz, había aprendido a respirar sola, ese día volví a besar los labios de la bestia por primera vez desde que nuestra hija nació.
Al quinto día el doctor permitió que quitaran los parches de su pecho, ya no hacía falta monitorear su corazón. El doctor no paraba de