—¿Por fin has decidido un nombre?— preguntó Amelie.
Negué mientras reía viendo a Noah saltar con entusiasmo en mis piernas. El pequeño pelinegro contaba ya con nueve meses y medio, a medida que crecía su comportamiento era cada vez más efusivo, ahora no sólo sonreía con facilidad sino también que a cualquier hora del día y por el motivo más mínimo que se pidiese imaginar las carcajadas del niño inundaban la enorme mansión llena de adultos.
Era fascinante venir aquí y escuchar sus carcajadas des