El día transcurrió envuelto en una extraña y espesa niebla.
Philippe estaba absorto en su trabajo: reuniones una tras otra, papeles amontonados, decisiones tomadas casi mecánicamente. Pero por mucho que intentara mantenerse ocupado, los susurros en la oficina no desaparecían del todo. Donde antes reinaba el silencio, ahora se oían conversaciones amortiguadas. Las miradas indiferentes habían dado paso a miradas interesadas.
Y Louise…
Estaba sentada en su escritorio, mirando fijamente el monitor,