Mientras tanto, Louise se quedó en el cruce de caminos, ajustándose más la bufanda. Volvió a mirar al transeúnte, pero las explicaciones eran confusas: izquierda, luego derecha, lugares que no reconocía.
Su confusión no hizo más que aumentar. Las calles le parecían extrañas: demasiado concurridas, demasiado ruidosas. Sentía que la observaban.
Sus pasos se ralentizaron. Un torrente de lágrimas le llenó los ojos; el frío le escocía.
Pensó en pedirle un número de teléfono a alguien. Pero se quedó