Philippe llegó a la oficina antes de lo habitual.
Ni siquiera se sentó; enseguida empezó a dar indicaciones, a hacer llamadas, a contestar cartas… Se movía con rapidez, con determinación, sin una sola pausa. Su rostro permanecía sereno, casi indiferente, pero cualquiera que se fijara bien habría notado una tormenta silenciosa en sus ojos.
Mientras tanto, Louise iba sentada en el taxi, mirando por la ventana. Su reflejo parecía extraño: ojos cansados e hinchados… labios pálidos…
¿Cómo podía ca