Al pensar en eso, el chofer se subió al coche a toda prisa para alcanzar a Sofía.
Ella, al ver por el retrovisor cómo el hombre la perseguía con desesperación, solo curvó los labios en una sonrisa fría.
El jefe era demasiado blando, y los empleados como este ya se creían con derecho de pisotear a los demás.
Al fin y al cabo, ella era una Valdés, una invitada; mientras que él no era más que un empleado que se atrevía a tratar así a una huésped.
Antes, ella solo se tragaba el coraje.
Pero esta vez