Al oír eso, el entrecejo de Alejandro se frunció.
Cuando Sofía se fue, Lola se apresuró a acercarse, sin ocultar su desdén hacia ella:
—¡Señor Rivera, fue mi prima quien no supo valorar su generosidad…! Le pido disculpas en su nombre…
—¡Lárgate! —la voz explosiva de Alejandro la hizo temblar.
Lola se asustó tanto que su rostro se tornó pálido, y sin atreverse a replicar, salió llorando de la oficina.
Fuera de la oficina, el secretario Javier entró con el rostro sombrío:
—Señor Rivera… la señorit