Luisa miró la sonrisa en el rostro de Sofía, y no pudo evitar sentir un escalofrío en la espalda.
Una hora después, Sofía se había cambiado: llevaba unos shorts de mezclilla ajustados y una camiseta blanca sin mangas ceñida al cuerpo, combinados con una chaqueta de mezclilla.
Frente al edificio del Grupo Rivera, los empleados no podían quitarle los ojos de encima. Parecía que sus pupilas estaban a punto de salirse de las órbitas.
Con gafas de sol puestas, Sofía se acercó a la recepción.
—Quiero