—¿Quién compró la limonada? —preguntó de pronto Elías.
—Yo la compré —dijo Leonardo con toda naturalidad—. Si comemos con una chica, pues nada de alcohol. Imagínate, tres machos tomando de más y diciendo tonterías.
El silencio se dejó caer un segundo.
—Yo soy el primero en cuidar la seguridad de una mujer —añadió Leonardo—. Quédese tranquila, señorita Valdés: aquí está más que segura. Hasta puede quedarse a dormir a gusto cuando terminemos. Nadie la va a molestar.
—Qué pena, mejor no —Sofía miró