Al verla allí sentada, todas se quedaron heladas.
Por un momento pensaron que estaban confundidas.
¿Cómo era posible? Si Lola debía estar viviendo ya en la casa de los Rivera, ¿qué hacía tirada en la calle, con ese aspecto desaliñado, como si la hubieran echado?
Lola intentó evitar sus miradas, pero igual la reconocieron.
Una de ellas, con gesto incrédulo, preguntó:
—¿Lola, eres tú? ¿Qué haces aquí?
—Sí, Lola, ¿no se supone que ya estabas en la casa de los Rivera? ¿Por qué estás sola en la calle?
A esa hora el cielo ya empezaba a oscurecer.
Una muchacha sola, encogida en la banqueta, rodeada de maletas, se veía demasiado vulnerable.
Y más aún cuando, apenas esa mañana, Lola había presumido que estaba a punto de mudarse con los Rivera.
Incluso ellas habían fantaseado con visitarla en esa mansión, y ahora la encontraban tirada junto a la banqueta mugrosa.
—Yo… —balbuceó Lola, bajando la voz—. Me… me corrieron.
Lo dijo de manera vaga, sin precisar quién la había echado.
Pero las chicas, r