En ese momento, Lola miró de reojo el montón de maletas y bolsas desordenadas que había dejado atrás.
Una de las chicas, con gesto de desconfianza, preguntó:
—Oye, ¿no me digas que toda esa basura es tuya?
Las cosas de Lola no estaban sucias, pero a ojos de ellas parecían baratijas de tianguis.
Ellas, hijas de familias con dinero o recién enriquecidas, aunque todavía no pertenecieran a la élite, solo usaban marcas de lujo: desde la ropa que llevaban puesta hasta las sábanas y edredones de sus ca