Elías ni siquiera levantó la cabeza, se limitó a decir con frialdad:
—Vámonos.
Al ver que Elías no la retuvo, Sofía por fin soltó un suspiro de alivio.
Leonardo la sostuvo del brazo y la ayudó a salir.
En el estudio, como el sofá y la mesa de centro tenían casi la misma altura, Sofía siempre había escrito sentada en el suelo; al ponerse de pie ahora, le costaba un poco.
Solo cuando Sofía y Leonardo se marcharon, Elías se acercó a la mesa, tomó las hojas con la caligrafía que ella había practicad