Elías estaba en el segundo piso. Aquel edificio viejo no tenía ascensor.
Sofía, con las heridas aún frescas, apenas podía subir a paso de tortuga apoyada en el brazo de Leonardo.
Cuando al fin llegaron frente al despacho, la frente de Sofía ya estaba perlada de sudor.
—¿Elías lo hizo a propósito? ¿No podía hablar en la sala como cualquier persona?
Leonardo suspiró con paciencia.
—Él no es así… quizá solo quiere ponerte a prueba.
Bruno, que caminaba delante, escuchaba la conversación y no pudo evitar un leve temblor en el párpado.
La puerta del despacho se abrió.
Elías estaba sentado frente a la mesa y les indicó que tomaran asiento.
Sofía se sorprendió al ver que aquel despacho no tenía escritorio ni silla ejecutiva, solo un par de sofás y una mesa de centro.
Recordaba que días atrás, cuando Elías había llegado a Ciudad Brava, se hospedaba en un hotel.
Viendo ese escenario, era claro que había comprado aquel departamento para instalarse en la ciudad.
—¿Qué esperas? —levantó la mirada