Alejandro apretó de golpe el brazo que sostenía.
Sofía soltó un quejido ahogado; el dolor le arrancó un jadeo y el sudor frío le perló la frente.
—¡Alejandro, me lastimas!
Él apenas entonces notó su propio arrebato. Miró y vio que sus dedos se habían clavado justo en la herida del brazo de Sofía, así que la soltó de inmediato, casi de manera instintiva.
Ella, en cuanto pudo, se apartó un paso, marcando distancia.
—Sea Mateo o Elías, nada de eso tiene que ver contigo. El compromiso entre nosotros