Alejandro, al escuchar su quejido, soltó de inmediato su brazo.
Sofía no lo miró siquiera; bajó las escaleras con paso firme.
—Javier, síguela.
—Sí, señor.
El secretario se pegó a su espalda como una sombra. Si Sofía descendía por la escalera, él hacía lo mismo.
En la planta baja, donde entregaban las medicinas, Sofía se encontró con otro obstáculo: no tenía bolsa para cargar los medicamentos, así que debía llevarlos en la mano.
Seis cajas eran imposibles de sujetar con una sola. Apenas se le re