La señora Rivera ya conocía bien la calaña de Luisa.
Aunque en público mantenía cierta cortesía por ser la madrastra de Sofía y actual esposa del señor Valdés, en el fondo la toleraba sólo por pura diplomacia.
Pero al recordar lo que el hijo de esa mujer había hecho la noche anterior, la señora Rivera perdió toda disposición para fingir amabilidad.
—¿Y cuánto quiere prestar la señora Valdés? —preguntó con frialdad, sin rodeos.
—No es tanto… sólo… sólo noventa millones —respondió Luisa, bajando u