Yacemos en la cama de Roman.
La cena había terminado sin mayores traspiés y luego de despedirnos de Dorian, dejamos el hotel.
Roman nos trajo a su casa y luego de arrepentirme un par de veces de llamarle ratón de biblioteca, ahora estamos acostados, enredados entre las sabanas mientras este descansa su cabeza en mi pecho en silencio y pasa su dedo por mi brazo en silencio.
—¿Vas a contarme lo que hablaste con los abuelos de Paloma? —espeto en voz baja.
—Quieren que reconsidere mi veto hacia Iri