CAPÍTULO 51.
El silencio del despacho de Román tiene un peso distinto cuando él no está. Las cortinas están abiertas, dejando que la luz suave de la mañana bañe la alfombra color arena y acariciara el respaldo de cuero del sillón donde él suele sentarse. Puedo sentir su presencia incluso en su ausencia; en el orden meticuloso de sus carpetas, en el aroma a café que aún flota en el aire, en ese retrato de Paloma que siempre mantiene a la vista, como si su existencia dependiera de recordar por qué lucha.
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