La segunda vez que verifico a Paloma, la encuentro dormida.
Así que me voy de regreso a mi cama.
Con movimientos metódicos, me cambio y pongo el pijama. Apago la luz y cierro los ojos, pero es inútil. La rabia que siento en este momento no tiene precedentes.
Doy vueltas en la cama y cada que una lágrima escapa quiero darle una tunda a Irania.
El sonido de la puerta al abrirse me hace sentarme en la cama y miro como Roman entra a la habitación. La luz del pasillo se filtra, pero sé que es él.
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