No sé cuánto tiempo estoy sobre mis rodillas.
Así me encuentra Roman tiempo después.
—Davina —escucho que me llama —¿Qué sucede? — inquiere llegando hasta mí.
Cuando mi mirada se posa en él, niego.
—No está. Se la llevo.
—¿Que se han llevado? —inquiere sin saber de qué hablo— ¿Quién?
—La manta —señalo mi cama —La manta de mi hijo no está y sé que esa mujer se la ha llevado.
Su expresión pasa de la sorpresa a la incredulidad para terminar siendo una máscara de furia.
—¿Cómo supo que tenías alg