—Te desapareciste de mi vista, Alessa. —Elliot Le Roux entró a la habitación en cuanto Alessa abrió la puerta. Ni siquiera pidió permiso o se disculpó por irrumpir su privacidad a esas horas.
La una de la madrugada, marcó el reloj en la pared. Elliot vistió el mismo traje azul cobalto de la cena, aunque sin la chaqueta y la corbata. Su aspecto desaliñado combinó con la agitación y el salvaje mechón rubio que cayó sobre su ojo derecho.
—Sí, claro. Puede pasar, jefe —siseó sarcástica, cubriendo s