No se arrepintió, ni siquiera cuando la mejilla de Leonardo se pintó de rojo y él la miró fijamente. Él permaneció quieto, no la atacó de vuelta, simplemente exhaló por la nariz con los hombros caídos. Por un segundo, esperó, deseó que se derrumbara sobre ella y la besara sin sentido.
Casi pareció avergonzado, y no lo ignoró, pues nunca se había atrevido a insultarla. El olor a whisky asaltó su nariz. Él olía a whisky, a mojado y... al perfume caro de una mujer.
Eso último fue lo que la sacó de