Sentada en un sofá de doz plazas de cuero rojo, dentro de una cabina espaciosa y lo suficientemente privada del restaurante del hotel de cinco estrellas, Alessa contaba las bombillas del techo con un gracioso ceño fruncido en su rostro. Su teléfono estaba sobre la mesa, pues se mantenía a la espera de una nueva cadena de mensajes de su mejor amiga. La última respuesta fue hace menos de treinta segundos. Eso solo podía significar que Carla estaba escribiéndole un testamento o quizás grabándole u