Si me escapaba en ese momento, nadie se daría cuenta.
Sabía que no debía hacerlo, que debía mantenerme bien alejado, pero no podía. Iba contra mi propia naturaleza saber que ella estaba en algún lugar sola y sintiendo dolor... un dolor que yo le estaba causando, sin que ella lo supiera.
No necesité ayuda para rastrear sus movimientos, su dulce aroma aún permanecía en el aire fresco del anochecer. La luna nueva, entrando en su fase creciente, aún lograba dominar el cielo nocturno que se oscurecía