Sentía como si mi cuerpo se deshiciera.
—No puedo tenerlo... —susurré, con la voz quebrada.
—¿Por qué no?
—Traería vergüenza a la familia... mamá y tú nunca me lo perdonarían.
—¿Cuándo te hemos dicho eso? ¿Cuándo te hicimos sentir así?
Me dolió verlo fruncir el ceño.
Y la verdad es que... nunca.
—¿El padre es parte de la manada? —preguntó con calma, y pude ver el esfuerzo que hacía por parecer tranquilo, aunque sus puños apretados decían lo contrario.
—No.
—¿Es alguien que yo no aprobaría?
Sí, e