Yo sería el hacha que le cortaría la cabeza.
Acosté a mi Pelirroja suavemente en la cama, incrédulo ante su estado actual, sin siquiera saber qué había sucedido.
Me giré para mirarlo a él, luego a ella de nuevo. Su vestido había sido rasgado hasta los muslos, su rostro tenía la marca de un golpe con el dorso de la mano y tenía sangre en las tiras de su vestido, sangre que también manchaba su camisa blanca.
—¿La tocaste? —rugí, temblando de rabia.
—¿Tocaste lo que es mío? —mi rugido hizo vibrar l