Todo mi cuerpo se tensó cuando él besó el dorso de su mano antes de caminar en mi dirección. Estaba seguro de que la tensión de mi cuerpo no pasó desapercibida para el Alfa sentado a mi lado. Una sonrisa burlona surgió en su rostro al levantar su vaso de trago corto hacia los labios.
—Buenas noches, Alfa. —El doctor Alberto extendió su mano para que el Alfa Héctor la apretara. Era un hombre seguro de sí mismo, incluso para su edad, que no podía ser mayor que yo. Lo situaría en sus veinticinco a