Namar condujo a Astrid por los pasillos del palacio, hasta llegar a la habitación de su hijo Gael, de cuatro años.
La joven loba se acercó al pequeño, tenía fiebre, miró sus dedos, la palma de sus manos, el color de su lengua y descubrió lo que tenía. Escarbó en su bolso en busca de las hierbas necesarias y, en silencio, fue hacia un escritorio para verter todo en un recipiente y machacar las hierbas. Luego sacó un frasco con agua de su bolso y vertió el contenido de la mezcla en él. Batió muy b