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Capítulo 2: El refugio del gigante

​POV ALICE

​El calor de la habitación era algo hermoso que no sentía desde hacía meses.

​Me quedé acostada en esa cama enorme, sintiendo las sábanas suaves sobre mi piel lastimada. La tormenta afuera sonaba duro contra las ventanas, pero aquí adentro el aire olía a madera y a chimenea.

​Unos minutos después, la puerta se abrió muy despacio.

​El entró con una cobija gruesa de lana y una taza caliente en las manos. Caminaba con mucho cuidado, para no hacer ruido con el piso de madera y no asustarme. Era un hombre muy alto y fuerte, pero caminaba despacio, con la cabeza un poco baja.

​—Te traje esto —dijo en voz baja, casi tímido, estirando los brazos para poner la taza en la mesa de noche—. Es té. Ayuda con el dolor.

​—Gracias... —mi voz salió muy débil.

​Se quedó de pie a un lado, manteniendo su distancia. Se notaba que no estaba acostumbrado a hablar con personas, y menos con una mujer herida que temblaba con cualquier movimiento. Se pasó una mano grande por el cuello, despeinándose un poco.

​—Voy a revisar tus heridas si me dejas —murmuró, mostrando la toalla y el remedio—. Tienes un corte feo en el labio y la frente. Y tus pies necesitan curación rápida por el frío.

​Asentí despacio, apretando la cobija contra mi pecho.

​Acercó una silla de madera y se sentó al lado de la cama. Sus manos eran enormes y llenas de cicatrices, pero cuando tomó la toalla mojada para limpiar la sangre seca de mi cara, lo hizo de una forma muy suave. No me apretó ni me dolió. Limpió mi labio con mucha paciencia.

​—¿Cómo te llamas? —preguntó suavemente, sin mirarme de golpe para no ponerme nerviosa.

​—Alice —respondí con trabajo—. Me llamo Alice.

​—Soy Alexander —dijo él, mojando la toalla de nuevo—. Pero me puedes decir Alex.

​Miró por un segundo el morado feo que me estaba saliendo en la cara y las marcas de los dedos de Daniel en mis brazos. Su mirada se puso oscura por un instante y apretó la mandíbula con rabia. Sin embargo, se controló rápido para no asustarme.

​—El hombre que te hizo esto... —dijo en voz baja—, ¿está cerca?

​—No lo creo —sollocé, sintiendo ganas de llorar—. Lo golpeé con un jarrón para poder escapar. Él estaba furioso conmigo... me diagnosticaron un problema grave de tiroides hace unos meses. Por la enfermedad subí de peso, mis caderas cambiaron y mi cuerpo se volvió muy diferente. Pero él no me creía. Decía que eran excusas, que yo era una vaga y que le daba vergüenza mostrarme con sus amigos. Me golpeó en el suelo y pensé que me iba a matar.

​Las palabras me salieron de golpe, llenas de todo el dolor acumulado.

​Alex escuchó en silencio. No me hizo preguntas feas ni se burló de mi diagnóstico. Siguió limpiando mis heridas con mucha paciencia. Cuando terminó con mi cara, se agachó para revisar mis pies fríos y los envolvió con cuidado en telas limpias.

​—Tu cuerpo cambió por un problema de tiroides, Alice. Eso es salud, no es tu culpa. Nada de eso le da derecho a ningún cobarde de ponerte una mano encima —dijo firme, mirándome a los ojos. Su mirada era sincera—. No tienes nada de malo. Estás viva y fuiste muy valiente al defenderte y huir.

​Esas palabras me llegaron al alma. Llevaba meses escuchando a Daniel decirme que yo no valía nada, que era una defectuosa y una gorda ridícula. Escuchar a este desconocido validar mi enfermedad y hablarme con tanto respeto me hizo llorar con ganas.

​Alex se vio un poco confundido con mis lágrimas. No sabía bien qué hacer, así que estiró su mano grande y me dio dos palmaditas suaves en la espalda.

​—Ya pasó... tranquila —dijo un poco torpe pero muy sincero—. Descansa. La puerta tiene seguro por dentro si te da más tranquilidad. Yo voy a estar abajo. Nadie va a entrar a esta casa. Te lo prometo.

​Se levantó, me acomodó bien la cobija y caminó hacia la salida.

​POV DANIEL

​(A kilómetros de allí, en la mansión)

​Me limpié la sangre de la cabeza mientras el médico me ponía puntos. La cara me ardía de la rabia. La sangre me había manchado la ropa costosa y el suelo de la entrada seguía sucio por culpa de esa tonta.

​—Señor, revisamos las cámaras —dijo mi jefe de seguridad, entrando con un teléfono—. La señorita Alice se llevó la camioneta negra. Se fue por la carretera del norte.

​—¡Maldita sea! —grité, tirando un vaso de vidrio contra la pared—. ¡Esa estúpida me golpeó a mí! ¡Uso la excusa de su tiroides para dar lástima y ahora me ataca en mi propia casa!

​—Podemos llamar a la policía y decir que se robó el auto, señor...

​—¡No! —interrumpí con rabia—. ¿Crees que voy a dejar que mis socios sepan que mi prometida me dejó sangrando en el suelo y se escapó? ¡Quedaría como un ridículo! Todos en la empresa se burlarían de mí.

​Me levanté de la silla molesto, apartando al médico de un empujón.

​—Averigüen a dónde fue. Usen el GPS de la camioneta —ordené, apretando los puños con fuerza—. Me costó tres años aguantar a esa mujer. Soporté su enfermedad de la tiroides, aguanté que su cuerpo se deformara y perdí muchísimo tiempo con ella. No voy a regalarle mi dinero ni mi tiempo. Cuando la encuentre, se va a arrepentir de haberme tocado.

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