Al ver a los dos hombres de mi vida juntos mirandome furiosos, sin que ninguno me ayudaran, mientras que la prometida de Carlo y sus amigas se reian de mi, tome fuerzas de donde no las tenía, me levanté del suelo, y como pude dando tumbos por el club, me fui corriendo sintiendo mis mejillas como me quemaban de la vergüenza. Ni Carlo ni Aaron me siguieron, solo escuchaba las risas de esas mujeres. Una vez que estaba en la calle, el viento frío de la noche me golpeó con suavidad en la cara, mien