La tarde cayó sobre la ciudad, y sobre la mansión Villalba, arrastrando un manto de nubes grises y espesas que cubrían el cielo como un presagio. La lluvia había cesado, pero el aire permanecía cargado, impregnado de una humedad densa, como si la tormenta aún acechara detrás de cada sombra. Las calles estaban salpicadas de charcos, y sobre los ventanales de la casa, gotas perezosas resbalaban dejando trazos irregulares, semejantes a las lágrimas de un gigante invisible.
La mansión Villalba, tan