Mientras el cazador enviado por Rodrigo Villalba seguía el rastro de la hermana de Elena, con la paciencia meticulosa de quien teje una telaraña para atrapar a su presa, en la mansión Villalba la tensión se respiraba en cada rincón. El aire, casi denso, parecía vibrar con una amenaza latente, como si las paredes, cargadas de secretos, susurraran advertencias inaudibles a quienes las habitaban.
Durante el almuerzo, el comedor, con su imponente mesa de roble y las vajillas de porcelana fina, se h