El despacho de la mansión Villalba parecía más pequeño esa mañana. Las cortinas pesadas apenas dejaban colarse la luz del sol, creando una atmósfera densa y opresiva. El aire, cargado de tensión, era casi irrespirable. La alfombra absorbía el ruido de los pasos, y el viejo reloj de péndulo en la esquina marcaba el tiempo con una lentitud exasperante. Camila Villalba estaba de pie frente a Rodrigo, quien acababa de sentarse tras su escritorio, pero pronto se levantó al no soportar esa distancia