El sonido de la puerta al abrirse rompió el silencio de la habitación. Alejandro apareció y su sola presencia iluminó el espacio. Con su andar seguro, irradiando la misma firmeza, elegancia y caballerosidad que lo caracterizaba. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrieron el lugar hasta posarse en Elena. Por un instante, el mundo entero pareció detenerse entre ellos. Una corriente invisible los unió, una mirada cargada de anhelo y deseo que no necesitaba palabras para expresarse.
Leticia sintió