Siento que me duele la cara por mantener mi sonrisa. Sorbo de mi segunda copa de la noche porque la necesito y porque me sale del mismo asunto.
Alexander se ha disculpado para ir al reservado, dejándome con mi copa de champán y el ruido amortiguado de las conversaciones, como un oleaje elegante que voy y vengo en medio de las miradas curiosas. La mayoría de los asistentes me miran como si yo fuera un error de software en un sistema perfecto. Me acerco a la pintura central de la sala, aquella de