Nunca había sentido tanto calor en pleno otoño. Es como si las lámparas de la estación de Nueva York se hubieran confabulado contra mí, proyectando su luz amarillenta justo sobre mi nuca y mis hombros, haciéndome sudar más de lo normal. Me paso la palma por la frente, disimulando, como si simplemente apartara un mechón de cabello rebelde. Pero la verdad es que estoy empapada. El sudor no viene del clima ni de las multitudes que van y vienen con sus maletas arrastrando ruedas sobre el suelo puli