AL día siguiente, Adrian no podía concentrarse. El eco de las risas de Amelia y la imagen de aquellos dos pequeños bultos azules en el estacionamiento se repetían en su mente como una película en bucle. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Ryan —aquel asistente que parecía encajar con demasiada facilidad en su lugar— sosteniendo a uno de sus hijos.
La rabia y el arrepentimiento eran una combinación volátil.
—Peter —llamó Adrian a través del intercomunicador, su voz más fría y decidida de lo ha