AMELIA estaba de pie ante el fregadero, con las manos sumergidas en agua jabonosa, enjuagando los últimos platos de la cena. La cocina estaba en silencio, a excepción del suave tintineo del cristal contra la porcelana y el goteo constante del agua. Su mente ya volaba hacia el día de mañana: la ceremonia de entrega de premios de Hazel, el conjunto que se pondría, el cabello que debía trenzar con esmero antes de que amaneciera.
De repente, unos pasos pequeños corretearon hacia la cocina. Apareció