Moe se alzó de la perezosa cuan enorme era y me tomó de la cintura. - Pues encantado de ser tu esposo, Jacqueline Monroe-, me dijo, besándome muy acaramelado y engolosinado con mi boca.
Volvimos hacer el amor en el camarote del Jacqueline III y fue aún más placentero y delirante que la primera vez. Él volvió a disfrutar de mis besos y caricias, del fuego que brotaba en mi piel, lozana, tersa, divina y de la infinidad de encantos, que me hacían tan maravillosa y pletórica de sensualidad.