Ambroise era muy resentido, además. Él estaba acostumbrado a que las mujeres en cualquier ocasión o situación le digan que sí, en todo. Siempre manejó a las chicas a su antojo, para que le cumplan con sus caprichos y antojos y las mangoneaba a su libre albedrío. Jamás conoció alguna fémina que le enfrentara y por el contrario, las tenía en forma sempiterna, hincadas a sus pies. Yo fui la primera que le cerré las puertas y eso lo indignó tanto que decidió gastar el poco dinero que le quedaba